lunes, 31 de agosto de 2009

El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas.
A los enfermos, cualquiera nos reconoce.
Hondas ojeras nos delatan que jamás dormimos,
despabilados noche tras noche por los abrazos,
o por la ausencia de los abrazos,
y padecemos fiebres devastadoras
y sentimos una irresistible necesidad de decir estupideces.
El amor se puede provocar,
dejando caer un puñadito de polvo de quereme,
como al descuido, en el café o en la sopa o el trago.
Se puede provocar, pero no se puede impedir.
No lo impide el agua bendita, ni lo impide el polvo de ostia;
tampoco el diente de ajo sirve para nada.
El amor es sordo al Verbo divino y al conjuro de las brujas.
No hay decreto de gobierno que pueda con él,
ni pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas pregonen,
en los mercados, infalibles brebajes con garantía y todo.

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